En el último año hemos vivido una serie de vertiginosos cambios producto de la enfermedad COVID-19, así como las medidas de confinamiento y aislamiento implementadas por los gobiernos. Como consecuencia es posible que muchas personas hayamos experimentado constantes cambios en nuestra estabilidad emocional, así como cambios en nuestra alimentación.

En estos tiempos tal vez le ha pasado que un día en el que se siente muy feliz decide comer aquel alimento que le recuerda a un ser querido. También, puede que le haya sucedido que en un día de mucha tristeza su apetito haya disminuido. Si le ha sucedido alguno de los escenarios anteriores, puede que se haya preguntado por la relación entre nuestras emociones y la forma en la que comemos. Justamente, en este artículo abordaremos esta temática de manera introductoria.

Qué es una emoción

Una forma sencilla de entender las emociones es a través de la metáfora de las alarmas de seguridad: las emociones son respuestas que alertan, o avisan, acerca de aspectos del entorno. La emoción es una respuesta psicológica básica ante estímulos o situaciones concretas, que cumple una función adaptativa y de supervivencia. Se dice que es básica pues se trata de respuestas muy antiguas, que desarrollamos hace miles de años.

Además, las emociones son patrones de respuesta tanto fisiológicos como conductuales que se vuelven típicos. Las emociones se caracterizan por tener una intensidad y una temporalidad. Por lo general son explosivas y de breve duración. Cuando surge una emoción experimentamos cambios a nivel de músculos, sistema nervioso vegetativo y sistema endocrino. Se ha visto que la amígdala y el hipocampo son estructuras de nuestro cerebro que intervienen en la respuesta emocional.

Las emociones no son exclusivas de nuestra especie, aunque se piensa que sólo en la nuestra aparecen relaciones entre las emociones e ideas complejas. Por ejemplo, la comunicación de las emociones y los sentimientos asociados a ellas cobran un papel importante. Es común que confundamos emociones con sentimientos. Estos últimos son aquellas sensaciones personales que percibimos internamente como resultado de la emoción.

Una clasificación muy utilizada para estudiar e investigar este fenómeno psicológico es la de organizar las emociones en positivas y negativas. Según esta clasificación, algunas emociones como la ira, la tristeza, el asco y el miedo son consideradas negativas, mientras que otras, como la alegría y la esperanza se consideran positivas. Es importante aclarar que todas las emociones son necesarias e importantes para nuestro correcto funcionamiento psicológico. Por eso, esta clasificación no debe interpretarse como que unas emociones son mejores que otras.

Cómo influyen las emociones en la conducta alimentaria

Alimentarnos es una necesidad fisiológica básica, sin embargo, la conducta alimentaria está mediada por múltiples factores y pautas socioculturales. Esto hace que la elección de los alimentos que decidimos consumir no se fundamente únicamente en aspectos como su calidad o valor nutricional. Investigaciones han encontrado que las emociones afectan las respuestas alimentarias en las diferentes etapas del proceso de ingesta: desde la motivación para comer, las respuestas afectivas a los alimentos, la elección de alimentos, la masticación, la velocidad de consumo, la cantidad ingerida, así como el metabolismo y la digestión.

Aunque las emociones y su influencia en la alimentación han sido investigadas desde hace mucho tiempo, es difícil predecir cómo influyen pues hay una doble variabilidad, por un lado, entre personas, y por otro, entre emociones. Puede suceder que en un determinado grupo de personas una misma emoción produzca diferentes efectos. El psicólogo Michael Macht, investigador en la Universidad de Würzburg, Alemania, propone un modelo según el cual:

  1. Los alimentos pueden provocar emociones, lo que hace que también despierten un deseo o un antojo por algún alimento y ello afecta la elección que tenemos de los alimentos. Por ejemplo, en tiempos como los actuales, podemos sentirnos reconfortados al comer un alimento asociado con emociones positivas o tiempos mejores, por ejemplo, un atol caliente, una sopa o algún alimento que nos recuerde a una persona querida.
  2. Las emociones de alta intensidad suprimen la alimentación. Esto sucede porque las respuestas fisiológicas y conductuales que generan estas emociones son incompatibles e interfieren con la actividad de comer. Por ejemplo, muchas personas durante esta cuarentena han o están experimentando altos niveles de estrés y, consecuentemente, han percibido una baja en su apetito.
  3. Las emociones de intensidad moderada pueden afectar la alimentación en función de la motivación que se tenga para comer:
    1. Si la persona lleva una alimentación restringida, las emociones negativas y positivas pueden aumentar la ingesta de alimentos. Se ha visto que entre más control mental se ejerza sobre la alimentación, más vulnerable se puede ser de sobrealimentarse. Esto ocurre porque las respuestas emocionales implican atención a nivel cognitivo, lo cual compite con la tarea de mantener el control de la alimentación.
    2. Si la persona tiende a una alimentación emocional, las emociones negativas pueden aumentar la ingesta de alimentos dulces y ricos en grasas. Las personas que llevan una alimentación emocional utilizan la comida como estrategia para regular sus emociones y estos alimentos pueden tener efectos calmantes a nivel cerebral.
    3. Si la persona lleva una alimentación normal, las emociones afectan a la alimentación en congruencia con sus características cognitivas y motivacionales. Por ejemplo, se ha encontrado que emociones como la tristeza tienden a disminuir la alimentación, mientras que emociones como la alegría tienen a aumentarla.

Es importante recordar que cada persona tiene un bagaje cultural, social, económico, cognitivo y psicológico único que le permite enfrentarse a la vida y sus vicisitudes empleando diferentes estrategias. Por eso puede suceder que, aunque usted se sienta parte de alguno de los grupos comentados en este artículo, no necesariamente se identifique con la forma en la que las emociones influyen en su conducta alimentaria.

Buscar ayuda está bien

Si al terminar de leer este artículo cree que sus emociones están influyendo negativamente en su alimentación y en detrimento de su salud, le recomendamos ponerse en contacto con personas profesionales de la salud, tanto en psicología, como en nutrición.

Bibliografía

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