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Categoría: Espacio Académico

Un sistema alimentario, según la FAO, es “la suma de los diversos elementos, actividades y actores que, mediante sus interacciones, hacen posible la producción, distribución, y consumo de alimentos”. Podemos así comprender, que en nuestras sociedades son múltiples los factores, sectores, actividades y personas que conforman el sistema alimentario: desde la salud de los suelos y del agua, y los métodos de producción, hasta la calidad nutricional y la inocuidad de los alimentos que consumimos; desde los sectores agrícola, pecuario y pesquero, hasta el sector comercio, pasando por el sector social, el sector económico, el sector salud, y el cuerpo de leyes y normas relacionados con alimentos y alimentación de un país;  desde los productores hasta los consumidores, pasando por las posibles inequidades entre pequeños y grandes productores, la cadena de intermediación y de comercialización, la industria alimentaria, el sector gastronómico, el sector educativo, a los que se suman la propaganda y la publicidad.

Esta complejidad de los sistemas alimentarios no es de extrañar, ya que, desde los inicios de la humanidad, el ser humano ha tenido como una de sus principales actividades, la alimentaria. La búsqueda del alimento puso a los humanos en una relación directa con su ambiente. Conforme las civilizaciones se fueron desarrollando, la actividad alimentaria se fue haciendo más compleja. Y a esa complejidad se ha sumado la visión de desarrollo, dando como resultado diferentes enfoques y formas de ver y de hacer funcionar los sistemas alimentarios.

A partir de los años 50 del siglo pasado, con la revolución verde (caracterizada por agroquímicos, producción intensiva y extensiva, tecnología, semillas híbridas, industrialización y procesamiento, etc), si bien se logró aumentar la producción, con ello a la fecha no se ha logrado erradicar el hambre de nuestro planeta, además de que fueron destruidos muchos bosques (que son fuente de diversidad de la vida y del agua), se acrecentó la pobreza en las zonas rurales y urbanas, dada la importante migración campo-ciudad, y se ha provocado una triple epidemia, que los expertos han llamado SINDEMIA, que consiste en la coexistencia y sinergia de tres grandes problemas: obesidad, hambre y cambio climático.

La problemática a la que nos enfrentamos en estos momentos como humanidad es innegable. La pandemia nos lo ha puesto aún más de manifiesto. Es por ello que en los últimos años ha crecido la preocupación y el interés por trabajar en la solución de esta problemática, planteando la urgencia de acciones que permitan la sostenibilidad de la vida. Y dentro de estas acciones, todas aquellas que mejoren los sistemas alimentarios son fundamentales, pues la actividad alimentaria está en el centro de las sociedades y por ende de la vida y del desarrollo humano.

El Panel de alto nivel de expertos en seguridad alimentaria y nutrición (HLPE) ha definido que un sistema alimentario sostenible es aquel “… que garantiza la seguridad alimentaria y la nutrición para todas las personas, de tal forma que no se pongan en riesgo las bases económicas, sociales y ambientales que permiten proporcionar seguridad alimentaria y nutrición a las generaciones futuras”.

Esta visión de sistemas alimentarios sostenibles otorga a la nutrición el lugar que se merece: la nutrición es una condición fundamental, innegable, del desarrollo humano. De un estado nutricional adecuado y óptimo, depende el desarrollo de las capacidades físicas y mentales de las personas, aparte de influir directamente en su salud mental.

En 2019, un equipo de investigadores liderado por Christophe Béné, del CIAT, planteó una serie de indicadores para evaluar el grado de sostenibilidad de un sistema alimentario. Incluyeron aspectos ambientales, económicos, sociales y de alimentación y nutrición, siendo estos últimos los que incluyen mayor cantidad de aspectos, como por ejemplo: disponibilidad per cápita de alimentos para consumo; porcentaje del ingreso familiar destinado a la compra de alimentos; tiempo de traslado de la casa al trabajo (o sea, la disponibilidad de tiempo para la preparación de alimentos en la familia); acceso a agua de calidad para consumo; acceso a electricidad (facilidad para preparar y almacenar los alimentos); volatilidad de los precios; pérdida y desperdicio de alimentos; reservas de alimentos; diversificación de la dieta; prevalencia de la obesidad y deficiencia de nutrientes.

Teniendo como base dicha investigación, debemos concluir señalando que en nuestro país, si bien ha habido acciones de gran importancia para el mejoramiento de nuestro sistema alimentario, como por ejemplo, la producción agroecológica, las ferias del agricultor, las ferias orgánicas, los mercaditos, el PAI, el desarrollo de huertas urbanas comunitarias y caseras, y alguna legislación y políticas, aún nos falta mucho camino por recorrer, resaltando en esto la deuda que como país tenemos al no contar con una Ley Marco del Derecho Humano a la Alimentación y la Seguridad Alimentaria y Nutricional.